La Constitución Política ha sido para Álvaro Uribe un objeto de banalización y de juego: columna Diego Aretz

Álvaro Uribe Vélez se ha convertido en uno de los dirigentes con mayor influencia dentro de la política colombiana en los últimos 20 años, una fuerza que no solo se muestra en momentos electorales, también en el legislativo pues dentro de sus dos períodos presidenciales se hicieron la mayor cantidad de reformas a la Constitución, empezando por la posibilidad de ser reelegido.

La Constitución Política de Colombia de 1991 nació de una Constituyente necesaria y que apenas respondía al apuro de cambiar un escenario político que hasta entonces no solo no brindaba las garantías básicas en cuanto a derechos fundamentales, y otros aspectos esenciales dentro del libre desarrollo de la personalidad y la construcción viable de un Estado de Derecho, sino que también había estado dotada de un bipartidismo que, además de ineficiente, era sumamente violento.

Dicho bipartidismo generó una hegemonía política compartida que abrió las puertas a una corrupción que aún hoy hace tambalear los pilares de la democracia. De ahí que la principal intención de esta nueva Carta Magna fuera en esencia la alternancia de poder, pues con ella se podría evitar la concentración de este y por ende pasar por encima del Estado de Derecho.

Sin embargo, en el primer período de Álvaro Uribe Vélez se hizo evidente su interés en continuar su presidencia, y el 19 de octubre de 2005 la Corte Constitucional declaró exequible la reforma constitucional que le abrió la puerta a su reelección.

Pese a que dicha reforma se eliminó en 2015, para nadie es un secreto que esta y muchas de las otras enmiendas que se le han realizado a la Constitución en los últimos 28 años, han promovido un desmonte parcial de las principales intenciones de la Constituyente y de la Constitución en sí, y han agredido los principios que permiten que sobreviva el ejercicio democrático en Colombia pues nos alejan cada día más de ser ese “Estado de Derecho” que promulgamos y juramos proteger como país en 1991.

La Constitución Política ha sido para Álvaro Uribe un objeto de banalización y de juego, en el que el poder se mantiene a través de los cambios y reformas que se permiten dentro de sus lineamientos. Esto es, sin duda, uno de los mayores peligros que corre la democracia porque, sin ir más lejos, ese poder político que mencionaba se ve reflejado en los últimos cinco períodos presidenciales, incluidos los del mismo Uribe. Y es que como sus predecesores han sido apadrinados por él podría decirse que Colombia ha presenciado 20 años de una dictadura indirecta. Un juego de poder donde siempre manda “el mismo”, usando las manos de otro.

 

Por: Diego Aretz. 

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